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  • Carlos Astete

El Juego y la expansión de la conciencia

¿Qué imágenes se te vienen a la cabeza si piensas en la expansión de la conciencia?


Cierra los ojos y explora lo que se te viene a la mente.


Apostaría a que tus imágenes tienen que ver con la meditación, estados de serenidad, plenitud, quizás algún yogui, algún monje budista. Son las actividades que normalmente se conocen para lograr un crecimiento de conciencia.


Hoy te quiero hablar sobre algo muy novedoso para este ámbito: el juego.


El juego, una fuerza de la naturaleza.


Foto de Inge Wallumrød en Pexels


Stuart Brown, psiquiatra investigador y fundador del National Institute for Play de Estados Unidos, señala que el juego es un elemento vital en el desarrollo de la vida de los mamíferos, y nosotros no somos la excepción.


Los mamíferos jugamos porque nos produce un gran placer, pero quedarnos en eso sería como decir que los animales comen porque sienten hambre. El hambre tiene una función mayor, que es asegurarse de que entren nutrientes al organismo. Del mismo modo, el juego tiene un sentido mayor.


A través del juego aprendemos una serie de movimientos, actitudes y capacidades que nos ayudan a adaptarnos a un mundo que está en constante cambio, a la vez que fortalece los vínculos sociales del grupo o manada.


Existen varias observaciones de animales que en ocasiones prefieren jugar, antes que cazar una presa para comer, incluso si están hambrientos. Cuando el espíritu lúdico se despierta, tiene una gran influencia en quienes entran en él, tanto en humanos como en el resto de animales. ¿Te ha pasado estar jugando y entrar en una especie de locura temporal, que te posee y no puedes pararla?


El juego es una necesidad natural, como comer y dormir. Si no jugamos, con el tiempo perdemos el ánimo y la capacidad de disfrutar de las cosas de la vida. Esto explica en parte por qué tantas personas del mundo desarrollado padecen de depresión. Estamos más en el deber o en dar una imagen, que en el simple fluir desde nuestro disfrute.


El juego también nos ayuda a crecer interiormente.


El juego no solo nos ayuda a ser más creativos y adquirir nuevas habilidades, también fomenta lazos amorosos con los demás, y nos ayuda a estar mejor con nosotros mismos.

En nuestra cultura actual, los juegos que más nos podrían aportar están apartados exclusivamente para los niños pequeños, ya que los juegos de adultos suelen ser reglamentados y competitivos, lo que limita nuestra capacidad de exploración. Siguen siendo juegos y los disfrutamos, pero no tienen la misma fuerza que un juego libre.



Foto de Matheus Bertelli en Pexels

Lo que he descubierto en el juego expresivo gracias a Enrique Aguilar, pionero en el arte de jugar como camino de crecimiento personal, es que cuando los adultos nos permitimos jugar libremente, ponemos en acción situaciones que necesitamos para sanar interiormente.


Stuart Brown lo explica de este modo:


“El verdadero juego surge de las profundidades de nuestro ser. No está creado o motivado solamente por los demás… fundamentalmente expresa las necesidades y los deseos del que juega… integra, con una pizca de placer, nuestra profunda capacidad psicológica, emocional y cognitiva. Y sin darnos cuenta, crecemos gracias a él. Armonizamos las influencias de nuestro interior.”

El juego no solo es útil porque simula situaciones que podemos comprender mejor. El juego pone en movimiento nuestra energía física, emocional y mental, consiguiendo que estas se armonicen en nuestro interior, incluso si no somos muy conscientes de ello.


Mi experiencia jugando


Lo que yo he vivido en mi formación de Coaching lúdico ha sido toda una sorpresa y un maravilloso regalo.


Es una nueva vía para crecer interiormente y alcanzar una mayor plenitud con nuestro camino de vida. En lo personal, yo he pasado por tres psicoterapias y he meditado mucho, pero seguía sintiendo que algo me faltaba. Algo que pusiera mi vida en movimiento, que me devolviese la ilusión y la excitación de seguir creciendo como persona.


Esa ilusión la he encontrado en el juego.


Descubrí que hay un niño en mí al que no le basta con que yo lo comprenda o que entienda lo que le pasó en el pasado. Hay un niño que quiere jugar hoy, ahora. Tal como lo hacía en el pasado. Y al jugar con ese niño, se me ha despertado un mayor amor por la vida, por mi mismo y por los demás.


En el juego puedo seguir aprendiendo, seguir explorando mis patrones y bloqueos, movido por el placer y la alegría de experimentar.


Jugando, el mundo se ha vuelto más significativo y ligero para mí, como un juego divino. Justamente hoy escuche una frase: “dios es un niño”. Y comienzo a creer que lo és. No me basta con entenderlo al observar a los niños, ahora puedo descubrirlo cuando juego y es precioso.



Foto de Daryl Wilkerson Jr en Pexels

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