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  • Carlos Astete

¿Las creencias son fiables?

Actualizado: 8 de mar de 2019


A todos nos pasa cuando se trata de dar una explicación a las acciones de los demás. La mayoría de las veces nos equivocamos, porque interpretamos esas acciones desde nuestras propias convicciones y no desde la visión de la otra persona.


¿Pero ocurre lo mismo cuando se trata de nuestras propias acciones?


Richard Nisbett, un gran investigador de los procesos cognitivos, dice que sí. Que nuestros pensamientos pueden desvirtuar la motivación de nuestras acciones.


Cuerdas y explicaciones inventadas


Un ejemplo muy clarificador lo da un experimeto que se realizó en Estados Unidos en los años 30. El experimento consistía en una sala con cuerdas colgando, y se le perdía a los sujetos que las amarrasen entre sí de diferentes formas. Luego de unos 10 minutos, casi siempre quedaba una forma de amarrarlas que el sujeto no lograba descubrir. Cuando esto ocurría, el jefe de la investigación, que estaba siempre deambulando por la sala, balanceaba una de las cuerdas de forma natural y despreocupada, sin llamar la atención del participante. En promedio, 45 segundos más tarde de hacer esto, a los sujetos se les ocurría balancear las cuerdas para que se amarrasen entre sí.


Lo interesante es que cuando se les preguntaba cómo se les había ocurrido usar ese método para amarrarlas, los sujetos daban todo tipo de explicaciones que no tenían nada que ver con el estímulo que habían percibido. Muchos decían que justo se les vino la imagen de un mono en una liana, o que de pronto se les vino a la cabeza la imagen de un péndulo, etc.


Por estadística, está claro que estas ideas fueron provocadas gracias a que el investigador movió la cuerda, pero cuando los sujetos tenían que responder a la pregunta de cómo se les ocurrió la idea, estos no dijeron que fue debido a que la otra persona balanceó una de las cuerdas.


La hipótesis de Nisbett es que la mente de estos sujetos captó el balanceo de Nisbett y rápidamente fabricó la idea de balancear las cuerdas de forma inconciente. Y cuando a los individuos se les pregunta cómo se les ocurrió la idea, la mente conciente, al no estar en contacto con la parte conciente y no saber qué responder, acude a otras imágenes que le hacen sentido, “de pronto me imaginé un mono colgando, he visto un péndulo…” cosas que probablemente no ocurrieron, pero que la mente crea a la hora de ser interrogada para mantener una coherencia de la experiencia.


Para profundizar, puedes ver una entrevista en este enlace (lamentablemente solo la he encontrado en inglés)


Lo mismo nos ocurre con nuestros pensamientos. Vivimos nuestras vidas de acuerdo a nuestros pensamientos y conclusiones, pero al profundizar sobre ellos, no podemos ir más allá para entender la forma en que esos pensamientos fueron construidos.


Liberarse de los pensamientos




De alguna manera, somos esclavos de nuestros porqués, ya que reducen nuestro mundo a las cosas que podemos dar sentido, limitando la posibilidad de abrirnos a otras posibilidades. Por este motivo, pienso que el sentido de una terapia no está en encontrar un ‘por qué’ que ayude a la persona a entenderse mejor, si no más bien a un darse cuenta.

Un darse cuenta sobre las propias creencias (que suelen estar sustentadas en experiencias emocionales) que definen la forma en que interpretamos el mundo y definen nuestra conducta.


Se trata de encontrar una forma de relacionarse con uno mismo y los demás, que no busca explicaciones mentales, si no la simple expresión de las propias creencias, deseos y necesidades, y fortalecer la capacidad de defenderlas y conducirlas de una forma satisfactoria, creativa y eficaz.


En esas creencias, deseos y necesidades se sustenta la mente para crear sus interpretaciones, y el solo hecho de trabajar en ellas, cambia la forma en que se perciben las cosas y nuestro modo de actuar en el mundo.



Bibliografía: https://deepblue.lib.umich.edu/bitstream/handle/2027.42/92167/TellingMoreThanWeCanKnow.pdf

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